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El eclipse solar de 1900 visto desde Madrid

En el año 1900 […] tuve precisión de acudir a Madrid donde reclamaba mi presencia un asunto de verdadero interés: Había muerto el duque de Medina Sidonia y sus herederos querían limpiar el caudal de todas las deudas que tenía y que tan caros intereses le costaban. Había que otorgar la correspondiente escritura de pago y […] emplear esa cantidad en papel del Estado y depositarla con carácter nominal e intransferible en el Banco de España, […].

Esto que tan sencillo parece, requirió muchísimo tiempo […] la vida es en Madrid tan activa y complicada, son tantísimos los asuntos que cada madrileño tiene al día que resolver, que al pobre provinciano le cuesta la mar de días, de semanas y de paciencia para poder hallar la solución del más sencillo de los problemas. No hay más que tres o cuatro horas aprovechables al día y lo que no se logra entre las 10 y las 2 hay que dejarlo aplazado hasta el día siguiente, porque fuera de esas horas están las demás dedicadas al almuerzo, la tertulia del café, el paseo, las visitas, el cine, el teatro y otras importantísimas ocupaciones por el estilo.

Al cabo de muchos días y no pocos aplazamientos llegó por fin el momento de firmar la escritura de pago y, previamente citados, nos reunimos una tarde en el despacho del notario don Antonio Turón y Barca. […] Terminada por fin la explicación preliminar y leída la escritura, firmamos esta y salieron los duques, que apenas saludaron con una leve inclinación de cabeza, quedando encargado el notario en ingresar al día siguiente en el Banco de España la cantidad que sobre su mesa había quedado, debiendo entregar su hermano el correspondiente resguardo.

A todo esto, Baldomero Martínez, que desde hacía algunos días se había reunido conmigo, por tener que arreglarse la dentadura, se encontraba molesto y aplanado por el excesivo calor de aquellos días de mayo y, mientras se acababa de resolver lo del depósito en el Banco de España, llegó el anunciado eclipse total de sol, visible en la capital de España. Decidimos observarlo bien, ya que en ella nos encontrábamos y, apenas terminamos el almuerzo y el café, nos encaminamos a las alturas próximas al Observatorio Astronómico, a pesar de que el interesantísimo fenómeno sideral estaba anunciado para las tres y pico de la tarde.

Don Agustín Salcedo Romo de Oca

Don Agustín Salcedo Romo de Oca

El terreno que lindaba con el Observatorio era un campo sin huella alguna de urbanización. La tierra conservaba aún ligeras señales de los surcos que en otros tiempos la cruzaron y sobre ella crecía una hierba delgada y raquítica, medio agostada por los rigores de la estación. Con toda libertad andaba por allí multitud de gallinas y polluelos que debían pertenecer a los porteros o inquilinos de las casas próximas. Irregularmente distribuidas, había muchísimas piedras de sillería, labradas algunas y otras a medio desbastar, que servirían más adelante para futuras edificaciones y que, en aquella ocasión, brindaron asientos más sólidos que cómodos a la mayoría de la concurrencia femenina, que no cesaba de llegar en numerosos grupos de incesante y animada conversación. Debían ser, por su aspecto, modistillas o estudiantes que aprovechaban aquel pretexto para una corta y agradable excursión.

La parte del terreno inmediata al pabellón del Observatorio había sido cuidadosamente allanada y separada del resto por una fila de palos hincados en tierra y unidos entre sí por medio de espino artificial, pues había sido tan grande el número de comisiones y de sabios y astrónomos sueltos que había acudido a Madrid desde todos los países civilizados, que había sido materialmente imposible darles a todos decoroso albergue dentro del establecimiento oficial. Por eso se habían instalado allí, teniendo detrás de la ligera valla una verdadera muralla de un metro de altura formada por cajones de madera de todas formas, dimensiones y hechuras, que indudablemente servían para guardar los instrumentos que detrás de ellos se hallaban.

Grandes, disformes, pesadísimos al parecer, se hallaban en fila, terminando todos por sendos tubos de distinto diámetro y longitud, apuntando todos al mismo punto de los celestes espacios. Debían ser de un mecanismo complicadísimo, a juzgar por el número de tornillos, engranajes, ruedas y manivelas que entre sus grandes piezas se alcanzaban a entrever. Al lado de ellos, unos cuantos hombres, graves y circunspectos, hacían caso omiso de la enorme curiosidad que despertaban. Con la misma tranquilidad y soltura que si estuvieran en sus laboratorios atendían a la buena instalación de sus aparatos y, apretando un tornillo, manejando una manivela o corrigiendo una dirección, se aseguraban del buen funcionamiento de aquellos mecanismos.

Había aumentado, entre tanto, la concurrencia del público, que llenaba ya por completo la extensa explanada y entre la que circulaban multitud de improvisados industriales que ofrecían toda clase de medios para observar el eclipse sin daño de la vista, desde los anteojos astronómicos de verdad, como llamaban a un canuto de caña ennegrecido por dentro, con un cristal ahumado en cada extremo, hasta las gafas y lentes con cristales de todos los colores. Unas gafas con cristales oscuros compramos mi amigo Baldomero y yo, pues con la prisa por acudir a aquel sitio se nos había olvidado adquirir este necesario requisito.

Empezaba ya el público a dar muestras de impaciencia, mirando al Observatorio como si de allí hubiese de salir la señal para dar principio al ansiado espectáculo. De improviso, un grito lanzado por millares de bocas y un gran silencio después. Sobre el borde externo de la flamígera e incandescente fotosfera había aparecido de pronto una masa oscura enorme que, ocultando una pequeñísima porción del disco solar, avanzaba rápidamente hacia su centro, ocultando una porción cada vez mayor del Sol. Cuando llegó a ocultar la mitad del astro del día se dibujó perfectamente su contorno esférico y negruzco.

Disminuyeron considerablemente la luz y la temperatura. Sobre nuestras cabezas cruzaron unas cuantas bandas de palomas que, amedrentadas y veloces, acudían en busca de sus habituales refugios. El incesante piar de jilgueros, gorriones y otros pajarillos que en los árboles próximos se albergaban parecía preguntar la causa y el porqué de aquel fenómeno tan extraordinario. En cuanto a las gallinas que por allí circulaban, después de torcer varias veces el cuello mirando hacia arriba con extrañeza, debieron convencerse de que se acercaba la noche de prisa y corriendo, porque empezaron a llamar a sus pequeñuelos y se fueron con ellos en busca del gallinero.

Seguía, en tanto, disminuyendo la luz y el calor. Empezaron a brillar en el cielo las estrellas de primera y segunda magnitud. Una brisa fuerte y frescachona cruzó por la explanada, haciendo estremecer los cuerpos mal defendidos de sus caricias por las ligeras telas de los trajes de verano. Y cuando al fin desapareció completamente el Sol detrás de aquella bola oscura que lo ocultaba, era imponente el silencio que reinaba, interrumpido solamente por el leve y continuo disparar de las máquinas fotográficas, que no cesaban de obtener clichés de aquel sorprendente fenómeno.

La oscuridad, sin embargo, no era completa, porque en las altas regiones de la atmósfera flotaba una difusa radiación solar, como la que sigue a la puesta del Sol en los crepúsculos vespertinos. Eché una rápida ojeada al interior de la muralla y pude ver que los astrónomos, pegados materialmente a sus aparatos, seguían afanosos las fases y el desarrollo del eclipse, mientras sus ayudantes, a la luz de unas minúsculas bombillas que en la parte inferior de sus telescopios habían encendido, apuntaban apresuradamente las observaciones que en voz baja les iban transmitiendo. Brillaban a lo lejos las luces de la gran ciudad, que había sido necesario encender y, de pronto, empezó a aumentar la claridad, porque nuevamente volvió a lucir el Sol que, en pocos minutos, recobró todo su majestuoso esplendor, volviendo a la naturaleza y a las criaturas el calor y la vida que pareció les iban a faltar.

Como al día siguiente me dijo Turón que su hermano le había entregado el resguardo del Banco, aligeramos el viaje todo lo posible y aquella misma noche salíamos en el correo para Baeza, pues la salud de Baldomero se había resentido bastante con los cambios de temperatura que habíamos sufrido durante el eclipse.


Testimonio procedente de las memorias de don Agustín Salcedo Romo de Oca.

Publicado por Guadalupe Cano con autorización de la familia.

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